Cuando entendí que la técnica me limitaba
Pasé más de veinte años formándome.
Rolfing.
Osteopatía visceral.
Acupuntura.
Trabajo fascial.
Sistema nervioso.
Energía.
Movimiento.
Y durante mucho tiempo pensé que la evolución consistía en acumular más herramientas.
Más técnicas.
Más precisión.
Más conocimiento.
Hasta que ocurrió algo inesperado.
Empecé a sentir fricción.
Cada vez que entraba en sesión aparecía una sensación interna:
"Tengo que hacer algo."
Tengo que corregir.
Tengo que liberar.
Tengo que producir un resultado.
Y me di cuenta de algo importante: la técnica estaba empezando a interferir en mi capacidad de escuchar.
Porque cada técnica crea un marco.
Y todo marco, si no tienes cuidado, termina convirtiéndose en una jaula perceptiva.
Empiezas a ver el cuerpo a través de la técnica en lugar de escuchar lo que el sistema realmente necesita.
Eso fue un cambio enorme para mí.
Dejé de intentar imponer soluciones.
Empecé a observar más.
A escuchar más.
A intervenir menos.
A confiar más en la inteligencia organizativa del cuerpo.
Y cuanto menos intentaba controlar el proceso, mejores resultados aparecían.
No porque la técnica no sirva.
Sirve muchísimo.
La formación me dio estructura, percepción y herramientas extraordinarias.
Pero llegó un punto donde entendí algo: la técnica no puede estar por encima del cuerpo.
El cuerpo real siempre es más complejo que cualquier método.
Por eso hoy muchas veces la sesión empieza simplemente observando:
- cómo respira alguien,
- cómo entra,
- cómo se mueve,
- dónde el cuerpo sostiene,
- qué intenta proteger.
Y desde ahí aparecen las soluciones.
No desde un protocolo. No desde una agenda previa.
Desde la relación real con lo que el sistema presenta.
Después de veinte años, quizás la lección más importante fue esta: el cuerpo no necesita que alguien le imponga orden.
Necesita condiciones para reorganizarse.
Y muchas veces la mejor intervención es dejar de estorbar.
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