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Mi historia

La mujer que leía la espalda como braille

Robleda. Un pueblo pequeño.

Me llevaron a ver a una curandera de huesos. Había aprendido su oficio arreglando los huesos de las cabras.

Mientras esperaba turno, sentí que me desvanecía. Me agarré a mi amigo Diego. De repente, black out.

Estaba flotando. Todo oscuro. Muy agradable. Había como una luz. Estaba subiendo.

"No es tu hora."

Y justo en el momento que sentí eso, volví. La señora de Robleda me estaba echando un cubo de agua por la cara para despertarme.

Me hizo pasar para adentro. Me dio leche de cabra con limón. Y me atendió.

Cuando llegó mi turno, me sentó en una silla. Sus dedos empezaron a recorrer mi espalda. Eran capaces de leer a través de las diferentes capas del cuerpo.

Dijo: "Este niño ha tenido mucho dolor, pero ya está bien."

Luego me hizo recostarme hacia adelante y me siguió vértebra a vértebra de manera experta. Fue espectacular.

Lo que más me impactó: las personas mayores del pueblo tenían mejor postura que nadie que hubiera visto en la ciudad.

Generaciones enteras habían pasado por esas manos.

Aunque cuando salí de allí lo primero que hice fue vomitar la leche de cabra con limón.

Hay un conocimiento en las manos que ningún título puede dar.

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