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Mi historia

La mujer que leía la espalda como si fuera braille

Robleda. Un pueblo en la España rural donde el tiempo funciona diferente. Llegué temprano, sin haber desayunado. El bar estaba cerrado. Había cola para ver a la curandera del pueblo. Y yo esperando, con el estómago vacío y el cuerpo agotado.

Caer en brazos de Diego

De repente todo se fue. Me desvanecí y caí en los brazos de Diego. Y entonces vino algo que no esperaba. Sentí que había llegado mi hora. Vi esa oscuridad muy profunda y un túnel y empecé a subir. Se sentía muy agradable, como una sensación de estar en la playa cuando te da el sol. No había miedo. Solo una paz enorme y una dirección clara: hacia arriba.

Pero algo me devolvió. Unas presencias — no sé cómo llamarlas de otra forma — me dijeron que no era mi momento. Que tenía que volver. Abrí los ojos. Me dieron leche de cabra con limón para reanimarme. Y seguí esperando mi turno.

Los dedos que leían

Cuando por fin entré, la curandera empezó a tocar la espalda, a recorrerla con sus dedos, como si fuese capaz de ir leyendo como una persona invidente que lee el braille. No usaba diagnósticos ni nombres técnicos. No necesitaba resonancias ni radiografías. Sus dedos sabían. Había aprendido colocando huesos de cabras. De ahí había pasado a personas. Y lo que hacía era real.

Lo que vi en los ancianos de Robleda

Hay un detalle que se me quedó grabado. Las personas mayores de Robleda caminaban notablemente más erguidas que en otros pueblos. No era casualidad. Generaciones enteras habían pasado por las manos de esa mujer y de quienes vinieron antes que ella. El cuerpo del pueblo entero contaba una historia diferente.

Ese día aprendí algo que no enseñan en ninguna escuela: que el conocimiento más profundo sobre el cuerpo humano a veces vive en los dedos de alguien que nunca ha leído un libro de anatomía. Y que la sabiduría del tacto no necesita título.

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