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Mi historia

Los ojos del campesino: cuando el éxito dejó de significar lo que pensaba

Estaba en la oficina. Tenía un trabajo estable, un sueldo, un camino trazado. Y un día, hojeando un periódico, vi la foto de un hombre que debía ser de Vietnam o de Cambodia. Era campesino. Y cuando vi los ojos de esa persona dije: yo quiero ser así de mayor.

Lo que vi en el mundo corporativo

No era solo que el trabajo no me llenara. Era lo que veía a mi alrededor. No respetaban el cuerpo. Siempre estaban las mujeres, el vicio, las infidelidades, las adicciones. Gente que ganaba mucho dinero y vivía desconectada de todo lo que importa. Cuerpos destruidos, relaciones rotas, noches que no llevaban a ningún sitio.

Un día, un campeón de póker me dijo algo que se me quedó: que el objetivo en la vida era descubrir tu pasión. Lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo. Y yo supe que mi pasión no estaba en esa oficina.

La escuela de masaje

Me apunté a una escuela de masaje en Sans Enma. Lunes y miércoles, de 19:30 a 21:30. Después de la jornada laboral, cruzaba la ciudad para aprender a tocar. Mientras mis compañeros de clase hacían entre una y tres prácticas fuera del horario lectivo, yo hice noventa y siete. Para mí era algo muy serio. No era un hobby ni un plan B. Era lo que tenía que hacer.

El precio real del cambio

La matrícula costó 18.000 euros. Pero el coste real fue otro: unos 50.000 euros de coste de oportunidad por dejar mi carrera. Mis padres pensaban que me había metido en una secta. No lo entendían. No podían entenderlo. Veían a su hijo abandonar un camino seguro para estudiar masaje por las noches.

Pero yo había visto los ojos del campesino. Y sabía que lo que buscaba no estaba en un despacho. Estaba en las manos, en el cuerpo, en algo que todavía no sabía nombrar pero que ya me estaba moviendo.

Si sientes que tu vida te pide un cambio y no sabes por dónde empezar, escríbeme. A veces el cuerpo sabe antes que la cabeza.

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