Los ojos del campesino
Estaba en mi trabajo. Oficina. Multinacional alemana.
Abrí el periódico y vi la foto de un hombre. Debía ser de Vietnam o de Camboya. Campesino.
Y cuando vi los ojos de esa persona dije:
Yo quiero ser así de mayor.
Quiero tener esa tranquilidad. Quiero irradiar esa energía.
Alrededor de mí el mundo corporativo funcionaba de otra manera. No respetaban el cuerpo. No respetaban el sentirse bien. Siempre estaba el vicio, las infidelidades, las adicciones. Siempre esa necesidad de que nunca nada es suficiente.
Y los ojos de ese campesino tenían algo que nadie en esa oficina tenía.
Paz.
Un jugador de póker dijo una vez que el objetivo en la vida era descubrir cuál era tu pasión. Y hasta que no lo sabías, tu objetivo era descubrir tu pasión.
Mi madre me apuntó a un curso de quiromasaje. Lunes y miércoles, de siete y media a nueve y media de la noche, en Sants. El horario encajaba con el trabajo.
Empecé ahí.
Mientras mis compañeros de curso hicieron una, dos, tres prácticas, yo hice noventa y siete.
Porque para mí era algo muy serio.
Dejé un trabajo donde ganaba bien. Mis padres pensaban que estaba en una secta. La inversión fue de dieciocho mil euros en formación más cincuenta mil de oportunidad por lo que dejé de ganar.
No sabía que esa decisión iba a llevarme a Alemania, a Japón, a México, a Malasia, a veinte años de formación, a miles de cuerpos, a dejar una carrera entera.
Solo sabía que los ojos de ese campesino tenían algo que yo necesitaba encontrar.
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