Roncesvalles morir, La Coruña vivir
Hubo una relación que abrió algo oscuro en mí. Algo que no sabía que estaba ahí. Empecé a esconder los cuchillos de la cocina. No podía dormir. Dormía con la Biblia en una mano y el incienso encendido. No era religión. Era supervivencia.
La iglesia en Malasia
Estaba en Malasia cuando entré en una iglesia. No sé por qué entré. Sentí que una energía dorada me tocaba y todo yo se abría. No hay otra forma de describirlo. Fue físico, fue emocional, fue algo que no tenía nombre. Y en ese momento recibí la instrucción — clara, sin dudas — de que tenía que caminar el Camino de Santiago.
Regalar todo y empezar
Le di el portátil a Xavier. Regalé la ropa. Regalé el dinero que me quedaba. Me quedé con lo mínimo. Pues aquí empiezo. Roncesvalles. El primer paso. Y cada paso después de ese era un paso más lejos de lo que había sido y un paso más cerca de algo que todavía no sabía qué era.
Santiago: el cierre
Cuando llegué a Santiago, caí de rodillas. Y de repente es como que hubo un cierre. Algo que se había abierto se cerró de golpe y entonces yo dejé de ser peregrino. No necesitaba seguir hasta A Coruña. No necesitaba nada más. Lo que tenía que pasar había pasado.
Roncesvalles era morir y La Coruña vivir. Pero el punto de llegada fue Santiago. Allí terminó algo. Allí empezó otra cosa.
Volver a empezar, otra vez
Volví a casa de mis padres. Siempre me tenían la puerta abierta, las veinte veces que he vuelto a casa para empezar mi vida de nuevo. Sin juicio. Sin condiciones. La puerta abierta.
Mis primeros días en Barcelona buscando clientes: imprimí folletos, fui puerta a puerta. Un carnicero me cogió el folleto, lo miró y me lo tiró a la cara. Así empecé.
Pero ya no era el mismo que había salido de Roncesvalles. Lo que murió en el Camino tenía que morir. Y lo que quedó era suficiente para construir todo lo que vino después.
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