Roncesvalles morir, La Coruña vivir
Después de una etapa que me llevó al límite, recibí una señal clara de que tenía que hacer el Camino de Santiago.
No como turismo. No como tradición.
Como cierre.
Me deshice de todo lo que pude. Di el portátil a un amigo. Dejé ropa. El dinero que intenté transferir no llegó porque la cuenta estaba cerrada.
Empecé a caminar con lo mínimo.
Roncesvalles era morir. La Coruña era vivir.
Esa era la dirección.
Y caminé.
Pero cuando llegué a Santiago, algo ocurrió que no esperaba.
Caí de rodillas.
Y de repente hubo un cierre. Algo que se había abierto se cerró de golpe. Dejé de ser peregrino. Ya no tenía que ir a ningún sitio más.
No necesité llegar a La Coruña.
El proceso se completó antes de lo previsto.
No porque yo lo decidiera. Porque el cuerpo decidió que ahí terminaba.
Volví a casa de mis padres. Siempre me tenían la puerta abierta. Las veinte veces que he vuelto a casa para empezar mi vida de nuevo.
En Barcelona, el primer intento de conseguir clientes fue ir a una carnicería. Mi madre me había dicho que la carnicera estaba interesada. Cuando le dije el precio, me tiró el flyer casi a la cara.
Así empiezan las cosas.
No con aplausos.
Con un flyer en el suelo y todo por construir.
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