Tus órganos necesitan moverse
Esto sorprende a mucha gente:
Tus órganos no están fijos.
Se mueven.
El hígado tiene un movimiento propio. Los riñones. Los pulmones. El intestino. El estómago.
Cada órgano tiene lo que en terapia manual se llama motilidad: un movimiento inherente, rítmico, necesario para que la función sea óptima.
Cuando un órgano pierde movilidad, todo cambia alrededor.
La postura se adapta.
La respiración se limita.
La fascia se reorganiza.
El cuerpo empieza a compensar.
Las causas pueden ser muchas:
Una inflamación antigua.
Una cirugía.
Un golpe.
Años de estrés.
Una emoción que el cuerpo nunca terminó de procesar.
El trabajo visceral consiste en devolver ese movimiento.
No con fuerza.
Con escucha.
La presión que uso con un órgano es mínima. Diez gramos. Como una libélula posándose. Acompañando el movimiento que el órgano quiere recuperar, no imponiendo uno desde fuera.
Cuando el órgano recupera su motilidad, el efecto se expande.
La respiración cambia. La postura cambia. El sistema entero se reorganiza alrededor de una función recuperada.
No porque hayas manipulado la espalda.
Porque el órgano que estaba tirando de ella dejó de hacerlo.
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