Testimonio destacado

Un cuerpo que recuerda su orden

Mónica, Camarera, Barcelona

Desde hace algunos años padezco problemas de espalda. Con demasiada frecuencia para mi gusto, de 1 a 2 veces al año, me encuentro “imposibilitada” y “limitada” para llevar una vida normal. Hace algunos meses una amiga descubrió el rolfing y desde entonces me repetía una y otra vez que al menos tenía que probarlo. Como todo en la vida, lo vas dejando para otra ocasión, pero ese momento llegó más pronto de lo que yo creía. Me pone en contacto con Ferran, el rolfer al cual acudía mi amiga. Intenté sentir todo cuanto sentí. Entré en la consulta con un movimiento muy reducido. El día anterior un médico me había dicho que no entendía que no podía andar dadas las dimensiones de las múltiples contracturas que sufría. El dolor, en una escala del 1 al 10, estaba en un 7,5. Ferran me examinó y se puso manos a la obra. Con movimientos muy suaves y de una forma muy delicada y respetuosa, comenzó a recordarle a mi cuerpo su posición natural. Sentí como si mi cuerpo fuera una jaula de pájaros blanca, cuyos barrotes eran de un material elástico, que iba cediendo a la presión ejercida por las manos de Ferran, pero sabía con absoluta certeza que por mucho que se dieran de sí los barrotes, nunca se romperían. Me iba sintiendo cada vez más grande. Cuando pasó a trabajar la parte anterior y posterior del tórax, la sensación cambió. Dentro de mi pecho había un sol rojo, parecido al sol naciente que algunos karatecas adornan en sus cintas para la cabeza, y sus rayos se estaban abriendo camino, rompiendo todo aquello que estaba mal y traduciendo dolor en una sensación de relativa libertad. Aún tengo ese sol, de forma permanente y alerta continua. De mí. Posteriormente, la sensación pasó a mi cabeza, a la par que las manos del rolfer seguían trabajando allí. Podía ver una especie de esfera azul, mi cabeza, que estaba siendo moldeada, como si estuviera hecha de un material parecido a la plastilina, que tenía la capacidad de volver a su forma inicial, o casi, porque por todas partes sentía cambios. Ya nada era igual, ya no había dolor. Cuando me levanté de la camilla me sentía inclinada, aunque mediante una foto que me hizo Ferran, me quedó claro que nunca había estado más recta. Salí de la consulta con un dolor de 0,1 en la escala del 1 al 10, y con una movilidad prácticamente normal, y digo “prácticamente” porque me sentía rara, más alta, más amplia y, además, podía respirar con una capacidad pulmonar notablemente mayor. Sensaciones y palabras que, en definitiva, se quedan cortas ante el recordatorio que recibió mi cuerpo. Sólo puedo decir una cosa más: ¡GRACIAS! A mi amiga por estar alerta y a Ferran por su inestimable ayuda.