Cuando la técnica te limita: por qué dejé de forzar después de 20 años
Creo que no quiero seguir haciendo sesiones de la misma manera. Eso me dije. Después de dos décadas aprendiendo técnicas, formándome en 20 países, acumulando herramientas, sentí algo que no esperaba: fricción.
La fricción de tener que hacer
Me anticipo a ese tener que hacer algo, y mi cuerpo está creando fricción. Tengo que hacer que esté mejor. Tengo que hacer que funcione. Tengo que hacer que cambie. Esa urgencia de producir un resultado, de justificar la sesión con un efecto visible, estaba generando exactamente lo contrario de lo que busco: tensión.
No era falta de herramientas. Era exceso. Cuando conocía una técnica me metía súper profundo hasta que me daba cuenta que la técnica me limitaba. Pasó con el Rolfing. Pasó con la osteopatía visceral. Pasó con el trabajo craneal. Cada sistema te da un marco, y ese marco eventualmente se convierte en una jaula.
No soy nada de eso
No he sido acupuntor, no he sido osteópata, no soy chamán. He estudiado todo eso. He practicado todo eso. Pero cada vez que alguien intentaba ponerme una etiqueta, sentía que la etiqueta me achicaba. Porque lo que hago no cabe en ninguna de esas cajas. Es la suma de todo, filtrada por 20 años de experiencia directa con cuerpos reales.
Permitir en vez de forzar
La evolución fue aprender a permitir en vez de forzar. No necesito hacer nada. Estar allí, sentirla, observar, ver comportamientos, ver tensión, ver ejes, ver relaciones. Y entonces de ahí van surgiendo las soluciones inherentes del sistema.
El cuerpo ya sabe qué necesita. Mi trabajo no es imponer una corrección. Es crear el espacio para que el sistema se reorganice. Parece menos. Es infinitamente más.
Después de 20 años acumulando técnicas, lo más potente que aprendí fue soltar la necesidad de usarlas. No es pasividad. Es presencia sin agenda.
Si buscas a alguien que trabaje desde la escucha y no desde la imposición, escríbeme.
Escríbeme →